Final... ¿Malo?


Decidiste irte. Descubre que pasó...



Crees que lo mejor por ahora es volver a tu habitación. Por un lado, ves la situación sospechosa, y parece que el salón principal está siendo utilizado. Si la Duquesa no está allí todavía, sería descortez de tu parte entrar antes que ella. Cerraste la puerta suavemente, hasta que la luz resplandeciente ya no era visible.

Un poco aliviada, te das la vuelta lista para marcharte, pero das unos pasos y te das cuenta de que estás completamente sola en el pasillo, a pesar de haber visto personas merodeando hace unos pocos minutos, o segundos. Confundida, elegis ignorarlo y seguir caminando. Pero a medida que avanzas, la melodía tan leve y tranquilizadora del violin se escucha más y más fuerte. Cuando giras sobre tu cuerpo, ves que seguís a pocos metros de la puerta, a pesar de que juras que caminaste lo suficiente como para alejarte.

Como si el violinista tocando la pieza fuese impaciente, el instrumento es más y más sonoro con el pasar de los segundos, y asustada, empezas a correr, intentando encontrar a alguien.

Pero como si estuvieses estática, cada vez que miras atrás la puerta sigue en el mismo lugar de siempre, y el sonido del violin te persigue. Corres desesperadamente, pero al contrario de lo que querés lograr, parece que cada vez mpas la puerta se acerca más a vos, y la canción triste y lenta se convierte en una desafinada y desenfrenada, haciendo que tus oídos se aturdan, y comiences a agitarte.

Y corres... y corres... y corres...

¡Y BAM!


La melodía para en seco, y la puerta está justo detrás de tus espaldas. Las puertas se abren de golpe, pero lo sentís como si fuese en camara lenta. De entre la luz blanca, tan brillante como el sol, salen dos pares de manos pálidas con unos dedos finos, que viajan hasta tu cuello. Te arrastran hacia adentro del salón, y con algo de fuerza y desesperación, intentas soltarte del agarre. Pero ya es muy tarde; tu cabeza se sumerge cada vez más en la capa gruesa de luz.
Alguien susurra algo en tu oído, con suma delicadeza y en una voz femenina y dulce. Supones que es la voz de la Duquesa, y sonreís aliviada, pensando que llegó a ayudarte. Pero en cambio, con claridad en sus palabras, te dice:

"Vivamos, para toda la eternidad"


Y eso fue lo último que escucharían tus orejas humanas antes de ser completamente arrastrado al abismo, justo al mismo tiempo en el que te das cuenta de qué tenían de extraño esas personas en el palacio:

Nadie tenía un rostro.